miércoles, 8 de agosto de 2012


El giro conceptual del merengue de género

En los felices y catastróficos noventa, la clase media colombiana entregaba su futuro a las tarjetas de crédito y al UPAC, y la sociedad colombiana aderezaba su fracaso económico y social con fiestas de quince y novedosas fiestas de graduación, los "prom". El mundo del baile y la celebración capitalina adquirieron impulsos inusitados provenientes de un incipiente cosmopolitismo que camuflaba la recesión. El merengue de los 80 hace parte de este contexto, pero es mucho más que el trasfondo fácil de bailar para fiestas navideñas y adolescentes de la capital.

Investigando reliquias para una reciente fiesta con objetivos altruistas, pude encontrar a disposición una no muy rigurosa ilustración de lo que yo llamo merengue de género. Lo más visible y recordado de las intérpretes femeninas de este fiestero género es muy seguramente el conjunto de voces extremadamente agudas de Miriam Cruz, Liz Freitez (Liz en Los Melódicos) y Marlissa Marrero (Lisa M.). Al recordar a estas leyendas musicales, acuden a la mente la sensualidad que exudaban en cada presentación, sus sugerentes y desgarradas canciones y lo escaso o ajustado de sus vestimentas.

Mi propósito aquí es recordar de donde salieron esas figuras que eran a la vez tan genéricas y singulares, pues cada una es recordada especialmente a pesar de la similitud de su obra. Es indudable la notoriedad de Las Chicas del Can como figuras pioneras de este género musical "de género". De una tropicalidad exhuberante, estas mujeres cantaban lo imposible de decir para las voces masculinas; con su dulzura y sabor abrieron la puerta a la marcada erotización de la mujer por sí misma en el merengue, desde la tímida incursión, pasando por la conformación de la primera orquesta femenina, con los cambios visuales, musicales y líricos que eso provoca en el género. Dados sus calidades musicales, discursos emocionales y concepto visual, la puesta en escena de las Chicas, su gestualidad y atuendos son parte de esa "voz femenina" ausente que se hizo culturalmente suficiente y luego necesaria en la industria.

Belkis Concepción y Las Chican (nombre original de la orquesta) de la primera mitad de los ochenta tienen en un principio un estilo apto para todas las edades, familiar al concepto de sus antecesoras Milly, Jocellyn y los Vecinos. En ésta, una banda familiar de merengue calidoso nacida a mediados de los setenta, las dotes vocales y musicales eran mucho más notorias que sus coloridos aunque recatados atuendos. Son principalmente virtuosas y femeninas, con una sutil sensualidad camuflada en el aún moderado volumen de sus peinados. Hay un proceso de transformación en el virtuosismo de las músicas, en la calidad de las voces, la complejidad de las letras y la puesta en escena de Besos callejeros y Fiebre.

Priman las voces maduras, como la de Ileana Reinoso, y las figuras relativamente maduras y rollizas de Verónica Medina y Eunice Betances. Una cercanía a los aires clásicos del vallenato y el merengue hacen de esta primera etapa un producto sólido, cosmopolita y virtuoso, con una influencia clásica evidente en el cover feminizado de Todo es para tí.

Las Chicas del Can adquirieron la vocería femenina en el merengue, dada la peculiaridad de no tener hombres en sus filas visibles. Con la tutela musical de Belkis y la empresarial de Wilfrido Vargas, se transformaron como modelos de mujer, así como sus canciones, productos enteros que mostraban no sólo una gran construcción musical sino también un gran trabajo en las líricas. Es aquí donde creo que este tipo de merengue se convierte en un dispositivo de identidad que caló (y sigue calando) en el profundo sentir femenino de esta zona del trópico. En 1983 se lanza Fiebre, con una Myriam Cruz de tan solo quince años de edad como segunda vocalista y Eunice Betances como voz principal. La dulzura infantil de Cruz se abre paso entre voces maduras, para dar mayor intensidad a los reclamos viscerales y desesperados de la canción:

Te has convertido en lo más grande de mi vida,
lo más difícil y lo más elemental.
Has levantado como un roble mi alegría,
mi estado físico y mi vida espiritual.


Al mismo tiempo que se canta este desesperado y patológico reclamo, la dulce voz de Cruz interpreta "Que gobiernen las mujeres", una melodía que empodera al género al proponer a grandes mujeres de la música como gobernantes, en un listado minucioso, como única alternativa a la incapacidad de los hombres. En este mismo sentido y como otra faceta de una lección de empoderamiento femenino, surge Besos callejeros, en el que se deja muy en claro que la protagonista no persigue amor comprado ni compartido, como aquél con el cual se conforma su galán.

Y que me importa saber si tu tienes unas cada esquina;
esas son mujeres de la mala vida.

Amor comprado, el que tu has buscado,
no hallarás conmigo.
Prefiero un mendigo que volver contigo.

Esta emocionante etapa se ve perturbada por la enfermedad de su directora musical. Con el "golpe de estado" a Belkis Concepción y el advenimiento de la dirección musical de Wilfrido Vargas, las chicas adquieren paulatinamente un carácter mucho más sexualizado, que se comienza a evidenciar en lo su puesta en escena desde finales de los 80. El merengue muestra su giro epistémico con el avance de los estrambóticos 80, en una propuesta visual que combina hombreras descomunales, peinados voluminoso plenos de laca y textiles iridiscentes con cortísimos y ajustados shorts que pasaron de ser ocasionales usos de vestuario a parte central del concepto visual, hacia una performatividad cada vez más erotizada. De los pantalones amplios y las faldas largas en atuendos que dejaban al aire solo los hombros y la espalda, se pasó a un mayor uso del spandex y los hot pants que se convirtieron en el común denominador de las cantantes tropicales de los 90. Se hizo un énfasis en la puesta en escena, lo cual es notorio en la excesiva atención de las cámaras al backline, en comparación con el manejo de cámara ante orquestas masculinas, sin que estas tuvieran coreografías menos complejas o vestuarios menos llamativos. Cada una de las integrantes de Las Chicas del Can se convirtió en un personaje erotizado performando como músico (Juana la Cubana).

La trayectoria de esta orquesta es lamentable luego del éxodo de sus grandes voces, pues por obra de los cambios de empresario terminaron convirtiéndose en un insulso grupo venezolano de sopranos en calzoncitos. Ellas, cuyas melodías implantaron un estilo erótico e insinuante, que introdujeron con gran pericia el "papi" y el "papasito" al lenguaje musical de amplio espectro, complementaron con majestuoso sabor las voces que desde la balada argentina, italiana y mexicana formaba el repertorio emotivo radial que formó toda una generación.

Salud por Belkis Concepción.

martes, 6 de marzo de 2012

Querido catéter subclavio

¿Alguien de ustedes ha tenido un catéter subclavio? Como apunte, el nombre se me hace precioso, a éstas alturas de la vida. Me son familiares los tubos de aparato médico, del tipo que siempre están rodeados se sábanas blancas y menaje metálico. Esos que son asociados a escenarios de penitencia que son esencialmente soportados, en todo el sentido que permita este adjetivo. Esos lugares que frecuentan no pocos malvivientes por quebrantos de salud irrenunciables. 

Durante algunos años de mi infancia y adolescencia fui un personaje en constante riesgo. Se gestó y consumó una avería irreversible en mi organismo; una prioridad maléfica que te sumerge en el mundo del aguante, el dolor y la supervivencia casi obligatoria. Una enfermedad crónica: un estado de quietud, retroceso y avance en un vehículo que no manejas, pero a cuya delantera siempre vas. La condición de enfermedad hace de toda tu vida una sola serie momentos últimos. Así estés en una agonía monótona e interminable, cada momento es crucial e impredecible. Siempre se está dudando de una muy cercana fecha de expiración. La paciencia es el único recurso; como una escalera infinita en medio de la soledad absoluta del dolor físico. Cada peldaño es tan único y conocido, que solo puedes acostumbrarte a seguir sin preguntar.

Adquirí la costumbre de conversar con un obstáculo vital de manera tan visceral y continua, soportando apenas el dolor, amándolo casi. Para mí, el dolor físico era una puerta a otras explicaciones y otros comportamientos. Hablaba desde un lugar social que merecía (y afortunadamente obtenía) siempre el máximo de atención. Todo lo concerniente a mí era sumamente serio: era tradicional la junta médica en la respectiva institución para decidir el procedimiento a seguir. Mi cuerpo nuevo pagó las consecuencias inesperadas de tener lugares de salud en un cuerpo enfermo. Sin embargo, me siento muy afortunada de muchas cosas de esa experiencia. Como tenía la mente vivaz y nueva de la infancia, absorbía rápidamente todo conocimiento, y como había sido criada entre libros y conversaciones "importantes", tomaba todo al pie de la letra. Y aquello pareció bueno al fin y al cabo, pues mi existencia y mi bienestar, incluyendo todos los sentimientos y sensaciones, dependían de la precisión de mis maniobras. El dolor era mi molesto justificante; era mi fuente de conocimiento mientras estaba, y mi recompensa en su ausencia.

Creo que las enfermedades crónicas condensan en su catástrofe el máximo reto de la ciencia médica; sostener a toda lo que no tiene cura en un aferramiento a la existencia corporal. Considero que esta idea sobre la existencia y permanencia a costa, incluso del bienestar, es un dictamen hegemónico que cada quien puede terminar usando a su favor.  Para la estructura de pensamiento moderno, la impensabilidad de la escapatoria del cuerpo significa la entrega profunda a lo inexplicable del dolor. Colectivamente, la vida acostumbrada al padecimiento quieto y permanente se traduce en una mentalidad conformista y tolerante; esto erosiona las perspectivas de cualquier horizonte de un mejor mañana. Poder comprender esta actitud en distintos aspectos de la vida cotidiana no hace capaces de superar sus consecuencias y construirnos con sus enseñanzas.

¿Que tánto se piensa en las condiciones cotidianas de los llamados, con algo de eufemismo, pacientes crónicos? La lógica médica, tal como la conocemos, se concreta en clínicas, exámenes, hospitalizaciones y medicamentos. Pero esta lógica no termina de comprender la dimensión profunda y sentida del ser un "paciente". Quiero explorar la dimensión del dolor, más como experiencia que como manifestación, y que ha quedado opacada por la constante búsqueda de la supervivencia y la búsqueda de la ciencia. 

Pero, nuevamente: no creo que haya nada más profundo e individual que la experiencia del dolor físico, ni tan evidentemente prioritario que su atención. Tampoco dudo de las consecuencias psíquicas de él. Creo que es un desconsuelo, profundo y sereno, sobre sobre la sinrazón intrínseca de la existencia. Y al volverse una actitud de vida, evoluciona y encarna distintas variables que nunca buscan tener sentido. 

Esto, como el dolor, no tiene ningún sentido. Es solo el momento culmen de un presente que muere continuamente. Es un confuso esbozo de la sensación límite de la existencia humana.

viernes, 8 de julio de 2011

De cuando la historia llora su injusticia en la demencia de un payaso.

"No somos nosotros; es este país, que no tiene remedio." La frase susurrada, se desliza inadvertida en la última incursión del rojo sangre en el desenlace del drama absurdo. El escenario: un circo, una feria y un monumento al asesinato. Los protagonistas: una huérfano impune de la dictadura, y sus casuales socios de la empresa de felicidad vacía. Nada más obvio pero nada más apropiado. Esas diez palabras conforman el aforismo de la derrota de la justicia en nuestros tiempos.En a frase final, la tímida insinuación de un dolor latente, aunque anónimo. "A todos los que sufrieron y murieron en aquellos años y nadie les recuerda."

La última película de Álex de la Iglesia, "Balada triste de trompeta", comienza por extraer de los archivos muchas de esas instantáneas que conforman el acervo cultural de la historicidad inmediata. Famosas imágenes de presidentes, actrices, combatientes y victimarios, rotan promiscua y velozmente en pantallas. Las expresiones de dolor y terror se asimilan a las sonrisas farandulescas: saturan el ambiente, se vacían de significado y se hacen equivalentes. Una prueba a nuestra capacidad de asombro, a nuestro conocimiento del pasado y a nuestros parámetros éticos; abundantes imágenes que intencionadamente tocan distintas fibras, o ninguna, y que nos dejan en un foso de excesivos significantes demasiado parecido al vacío.

Así, todo se hace cotidiano. El dolor de la muerte se palia con comerciales, playas y cervezas, y ante la ausencia de alternativas, el espíritu de la época y la nación enjuga su sangre en consumo. Apaciguada a la fuerza, la muerte adquiere una connotación sólo lingüística, que solo hace que La Guerra Civil Española se escriba con mayúsculas por la misma razón que aquí aplica a la Violencia, con mayúsculas, ese período macabro de la historia aún reciente. Es un episodio demasiado importante, demasiado determinante y, al mismo tiempo, demasiado dantesco y difícil de abordar, de manera que la única forma de darle su lugar es bautizarla con un nombre propio, como a una enorme bestia que se resiste a morir. La crueldad y la masacre, la ocurrencia de la guerra y el triunfo de los asesinos, ya se ha vuelto un lugar común. La injusticia de los pocos y la perpetuación del yugo de sangre y miseria sobre pueblos enteros ya se han convertido en una película demasiado vista. Un best-seller psico-social que todos compramos a precio de nuestro aplomo y nuestros sueños. 

Ya hace parte de la realidad. Es lo que entendemos y aceptamos como normal. Cuando las escenas macabras tienen el mismo valor y similar duración en los medios que un baile entre dos dulces y sonrientes sabandijas, cuando nos acostumbramos a la tragedia, que alguna vez tuvo razones, pero que ya no importan, significa que todo es un delirio, una demencia colectiva que olvidó todo objetivo solidario y sublime. Y es entonces cuando sólo queda el absurdo. Lo que se puede decir en lo que no se puede realizar, y lo que no se tiene que explicar porque es parte de un delirio. Lo que fabrican esos individuos, válvulas de escape de esta profunda enfermedad colectiva, que fabrica víctimas y verdugos para nutrir el mercado y la moral. Y por eso es grande Álex de la Iglesia: porque nos sabe mostrar la demencia del conjunto en la coherencia de personajes estrambóticos, que son sólo producto de su época. 

Una vez más, hemos recordado el agridulce potencial del absurdo, la dimensión inconmensurable de la crueldad humana y la demencia de lo normal.

En a frase final, la tímida insinuación de un dolor latente, aunque anónimo. "A todos los que sufrieron y murieron en aquellos años y nadie les recuerda."

Por eso prefiero el absurdo que recuerda.

jueves, 26 de mayo de 2011

Todo aquí adentro

Como sin distancia, todo aquí. El llanto de la tierra, las lágrimas del cielo, el gemir de los aires. El futuro y el pasado, y sus múltiples posibilidades. El presente efímero e inconmensurable. Todo me contiene, y el dolor bulle como brea caliente a través de las sendas del diario funcionar. Siento el dolor de siglos, las quejas sempiternas, los reclamos de las almas. Quiero lograrlo; quiero permanecer incólume, indemne de las mareas que ya he escuchado en narraciones. Quiero librarme del peso de las historias que enaltezco y por las que me decido a saltar siempre hacia el cielo. Sigo la senda marcada, y me mantengo hasta colapsar, hasta acompañar el movimiento de la tierra con mi espasmo y con mi llanto.

El que quiera que me perdone por pretender sobrevivir ante todo y sostener andanzas utópicas. Quieran las diosas de la resurrección acompañarme en esta corriente, en la que se rozan, se sueltan y se chocan destellos de magia del eterno resucitar.

jueves, 28 de abril de 2011

Desencadenamiento

La mirada que retiene. Las palabras que intimidan. La noticia de un pasado insospechado. Un lugar sin tiempo, un acontecimiento sin espacio; un impulso tan fugaz como eterno, que me infunde nuevas ganas de crear. Una presencia enigmática, seductora y atemorizante. Como si de un momento a otro, una visión ajena delineara otros contornos en la memoria propia.

Sea el cuerpo quien enuncie atajos y sentencias. Sea la intuición quien tome mi mano derecha; sea el corazón quien sostenga el candil de la izquierda. Sea pues, hasta su momento justo, este extraño impulso la sangre de mis palabras y la carne de mi mirada.

El espíritu de la época

Un panorama saturado. Es innecesario listar los múltiples ansiogénicos. Los medios informativos brindan una amplia gama de exabruptos como la descarada desmantelacion de la precaria democracia, la proliferación del terror sin nombre ni castigo y la estruendosa miseria de quienes lo han sufrido todo, entre otras muchas y abyectas atrocidades. Ahora, las aguas diluviantes arrasan tranquila y constantemente lo próspero y lo paupérrimo, se traducen mediáticamente como fotografías aéreas e historias lacrimógenas perdidas entre noticias de farándula. La pululante información con la que la mayoría de la población masturba su juicio sólo parece conducir a un laberinto de sinrazón, pues siempre se sabe que hay algo más allá, algo escondido, algo subyacente y perversamente manipulado. Como en las películas de terror de los ochenta, lo que no se ve es lo que nos inspira más miedo.

Las colosales dimensiones de las múltiples debacles superan cualquier especulación. La destrucción de la tierra, su cuenta de cobro, la crisis económica, las guerras inventadas, los nuevos fascismos, las epidémicas enfermedades mentales y las patológicas relaciones interpersonales segan las esperanzas de mejoría individual, e individual y colectivamente nos vemos abocados a recurrir a escapismos sensualistas cuyo gozo nos infundan la energía suficiente para sobrevivir. Por que eso es lo único que se espera de la vida, sobre todo en un país como éste, donde el desplazamiento forzado ya es una longeva constante demográfica, donde las cifras oficiales ya ni se ocupan de los desaparecidos y cuentan a las ventas ambulantes como empleo, y donde se olvida que aún hay niños que pasan todo un día con un tinto y un pan e incluso menos. 


Hay que seguir saliendo, aunque el sistema de transporte "modelo" sea, por decir lo menos, indigno y escandalosamente costoso; sobrevivir es un deber, a pesar del rastrero sistema laboral y de seguridad social, que obliga a los trabajadores a comprar el derecho a una remuneración con dinero prestado; la esperanza debe pesistir, aunque a cada minuto surjan evidencias de las dimensiones del horror y de la cercanía del peligro. El optimismo aunque obstinado, colapsa. Este momento es eterno: todo un hoy, un día eterno y oscuro que se muestra tan aciago como aquellos textos que leia cuando soñaba con que todo podìa ser mejor.

Sólo espero poder despertar mañana.

miércoles, 22 de julio de 2009

Todo lo del rico es robado.






Todo lo del rico es robado.

Sobre un gamín millonario.



India, África, Sur América. Inmediatamente saltan a la memoria escenarios color marrón mustio; oscuros, muchas veces en luz y en todos los casos en tono. Calcuta, Nigeria, Rio de Janeiro. Lugares ahora evocados como imagen húmeda de filme independiente. Miseria, injusticia y masacre. Ambientes toscos de degradación humana.



India, una de las mayores potencias mundiales en armamento, cuna de una de las más sólidas tradiciones espirituales de la humanidad, es también nicho de una de las más sorprendentes y generalizadas miserias, que redunda en la perpetuación de la empresa de la mendicidad. La rentabilidad de la lástima, respaldada por un sistema ideológico en el cual la desigualdad hace parte del orden social, es la fuerza constitutiva de la invencible degradación humana a la que ya nos tiene acostumbrados el síndrome de la actualidad y su abundancia de imágenes.



Así proliferan en las imágenes comunes los más impensables escenarios de miseria en los que subsisten precariamente miles de millones de personas. Bípedos sin rostro. Todos tan distantes como infinitamente próximos. Cualquieras y nadies. Indiferencia moral y visual que se convierte en el elemento mas escandalosamente perverso de la cultura y la economía contemporánea.



La proliferación de esta indiferencia se ha traducido en una tendencia visual de crítica: una parodia vacía de crítica, un pasticheJameson, Frederic (1991) 1998 “La lógica cultural del capitalismo tardío”, en: Teoría de la posmodernidad, Trotta, pp. 23-83. , una fetichización estética del orden establecido, que castra las posibilidades de búsqueda de justicia. En la producción audiovisual, este pastiche involucra una afición por el realismo que se combina con la saturación visual para presentar un panorama hiperrealista, apabullante y desolador. El infinitesimal espectador, solitario y desorientado, adopta resignadamente la aceptación dolorosa de la humillación ajena.



En mi opinión, Slumdog millionaire, o como lo traduciría al dialecto Bogotano, "El Gamín Millonario", ha logrado tanta resonancia y acogida por que reta la idea que se tiene de la miseria en la cultura visual y en la moral colectiva. La pornomiseria es aquél lugar cercano a películas como La Vendedora de Rosas, Ciudad de Dios y la más reciente 14 Kilómetros, que equilibran su impactante confrontación visual de denuncia con un abandono de las posibilidades de alteración del orden de las cosas y una iconolatría de la pobreza extrema. A ella llegan otras películas como El Colombian Dream, que caricaturiza injustificadamente todos los aspectos de la vida sórdida del trópico, presenta un caótico panorama donde sólo se comprende el calor por la saturación de colores, y sólo deja como posible reacción la risa cínica.



Por el contrario, la película de Danny Boyle plantea y reitera una crítica a esta naturalización de la miseria. Para recordarnos que el pensamiento aceptado es sobre el estado normal de las cosas implica que el miserable no debe tener cómo dejar de serlo: durante el interrogatorio se repite que Jamal no puede haber sabido las respuesta, por que su vida no le había dado las posibilidades de instrucción suficiente para poseer un conocimiento que valga 20 millones de rupias. Esta suma, de cualquier modo, debe ser inalcanzable para un paria en Calcuta. Es el orden natural de las cosas.



Este orden naturalizado también subyace a la brevedad del luto por la muerte de la madre, que relata la realidad de la miseria con normalidad obligatoria, y cuenta un silencio sobre lo que años atrás era motivo de escándalo. La orfandad en situaciones tan amenazantes antes hubiera motivado toda una película, pero para Jamal y Salim esto sólo consume un momento, pues es sólo el principio del advenimiento de infinitas desgracias.



Los infantes subsisten infraviviendo, con los medios y criterios de la indigencia obligatoria. Si el desamparo y el abuso hacen parte de lo normal, quienes los viven los saben así y desarrollan distintos talentos por encima, o mas bien muy por debajo, del bien y del mal. Jamal esquiva la realidad y se convierte en el nuevo héroe que no sólo sobrevive en la mierda sino que la utiliza como blindaje para escabullirse y beneficiarse de las situaciones más hostiles y dramáticas. Su misión por el autógrafo del vedette simboliza lo que hacen innumerables talentos humanos a diario: aprovechar las más exoticas oportunidades para sacarle provecho hasta a la miseria.



A pesar de la economía de guerra, el conocimiento, el talento y la fuerza están donde se tiene programado que no esté, en los residuos poblacionales de niños que casi viven y casi mueren de todo lo que la nada social puede brindarles. Persisten en medio de una indiferencia que perpetúan la injusticia y la violencia, a pesar del avasallamiento de la economía fantasmática, en la que lo más rentable es la acumulación ciega de riquezas en unos pocos y la eliminación física del enemigo.



Los significados que transitan en las calles se entrelazan en la miseria,y conforman conocimientos inadvertidos pero preciosos para quienes tienen mucho menos que nada. De los residuos de lo despojado, de la riqueza que es robada a todos, se fugan excepciones y resistencias. Todo tiende al equilibrio y si la miseria degradante es admitida para cada vez más seres humanos, también debe serlo la opulencia no tan fortuita para un sucio gamín. Este gamín millonario recuerda que la miseria es rentable, que produce lo que unos pocos se roban, pero que también crea conocimientos irrefutables, ideas de dignidad y supervivencia inalienables que hacen que, de una manera u otra, las cargas se equilibren al fin y al cabo, así sea bajo las mismas reglas de los usurpadores.



Todo lo del rico es robado. Robado del pobre.